Cine: Volver a «Simitrio»

0
449
Cine en Casa: Simitrio

Por: Juan Lagunas Popoca

Alejandro Magno dijo: “Estoy en deuda con mi padre por vivir, pero con mi maestro, por vivir bien”. ¿Por qué? ¿Es un reclamo? No. Es una forma de expresar la admiración hacia quien te guió en la oscuridad. 
La película “Simitrio”, dirigida por Emilio Gómez Muriel, en 1960, es inevitable. Ahí se reivindica la figura del profesor (que tanto es zaherido por el sistema educativo mexicano). 
El maestro Cipriano (José Elías Moreno) está cansado y longevo. Es una eminencia en el pueblo. Ha transmitido conocimientos a varias generaciones. Sin embargo, a estas alturas, tiene un problema físico: debilidad visual. El personaje demuestra que la luz de los ojos no es necesaria para formar a sus catecúmenos.
Ante esas carencias biológicas, los estudiantes le hacen bromas; lo desquician y, lo peor, se burlan de él. Liderados por uno de ellos (Luis Ángel), cometen dos abusos:

Usurpan la identidad de un alumno ausente, para conspirar contra don Cipriano.
Se engañan a sí mismos.

La frase siguiente causa agotamiento, pero es verdad: “Un maestro no reprueba; son los alumnos quienes lo hacen”. Así sucedió con esta generación, que abusó de la ceguera de su maestro.
Vale la pena volver a este largometraje. Es genial. Las actuaciones se desbordan: Javier Tejeda, Carlos López Moctezuma, Roberto Álvarez, Felipe Lara, Rodolfo Landa Jr., Ramiro Barroso, Carlos Huerta, María Teresa Rivas, Emma Roldán, José Loza… ¡Espléndido!
Pese a las vicisitudes, el pedagogo tiene esperanza en el futuro de los niños. Al grado de establecer vínculos afectivos con ellos. Todo cambia y, asimismo, queda incólume. 
Luego, el argumento cinematográfico se centra en la moraleja, donde la suma de imperativos sociales encuentra un punto de coincidencia: la armonía. Retornen al filme. Todos fuimos un Simitrio ficticio y, casi al unísono, defendimos a ultranza a un académico obcecado (y enfermo). 
El mejor reconocimiento para un profesor es el afecto de sus educandos. La aprobación de la contrarreforma educativa nada tiene que ver con el ejercicio y la herencia epistemológica.
Un educador eminente, apocalíptico (según Umberto Eco), se mide en su desenvolvimiento en el aula (donde convergen signos matemáticos y gramaticales; discusiones; osadías; llanto y confrontación; remembranza e historia… Olvido y añoranza). 
Enhorabuena…